Esta palabra llegó hasta San Juan, en la costa norte, como ciudad capital de Puerto Rico, para una mujer que hoy necesita oír que Dios no la ha dejado sola. Aquí, entre sus 342,259 habitantes, hay madres, hijas y abuelas que se levantan cada día a sostener su casa con fe, y esta palabra también es para cada una de ellas.
Las mujeres de San Juan saben trabajar, saben esperar y saben levantarse. Pero también saben lo que es llorar bajito para que nadie se preocupe. Dios escucha ese llanto bajito, y su palabra de hoy viene a secarlo con esperanza.
Si llegaste hasta aquí buscando «cómo dejar de pensar en los problemas en la noche», detente un momento: esta palabra también es para ti.
La renta, la comida, lo que mandas a tu familia, lo que tus hijos necesitan: a veces sientes que si tú aflojas un solo día, todo se cae. Esa presión cansa el alma. Pero la verdad es esta: tú trabajas con tus manos, y Dios sostiene la casa con las suyas. No todo depende de ti.
Cuando el corazón necesita un ancla, la Palabra la tiene. Lee con calma lo que dice Salmo 37:25:
«No he visto justo desamparado, ni su simiente que mendigue pan.»— Salmo 37:25 (RVR1960)
Antes de pasar a la oración, quédate un momento con Salmo 37:25. ¿Qué palabra te queda sonando por dentro? Esa es la que Dios quiere que lleves contigo hoy, como quien lleva una lámpara encendida en el bolsillo del alma.
Oración
Señor, tú conoces las necesidades de mi casa y el esfuerzo de cada día. Hoy te entrego mi trabajo, mis ingresos y cada cuenta por pagar. Abre las puertas correctas, dame favor y fuerzas, y enséñame a descansar en tu provisión sin dejar de hacer mi parte. Multiplica lo poco cuando no alcance y guarda a mi familia de toda escasez. Mi casa está en tus manos, y tus manos no fallan. En el nombre de Jesús, amén.
Escucha esta palabra en audio
Episodio: «El peso que no te toca cargar» — El Ancla del Alma
Escuchar en Apple PodcastsTambién en SpotifyLleva esta palabra contigo hoy, aquí en San Juan. Y si conoces a otra mujer que necesita escucharla, compártesela: a veces Dios usa un simple mensaje compartido para llegar justo a tiempo.
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