El municipio de Maunabo se extiende por 54,57 km² en la esquina sureste, donde la cordillera toca el mar. Cada barrio tiene su ritmo y cada casa su historia, pero hay algo que une a todos los que viven aquí: la necesidad de empezar el día agarrados de la mano de Dios.
Si llegaste hasta aquí buscando «siento que si fallo todo se derrumba», detente un momento: esta palabra también es para ti.
La renta, la comida, lo que mandas a tu familia, lo que tus hijos necesitan: a veces sientes que si tú aflojas un solo día, todo se cae. Esa presión cansa el alma. Pero la verdad es esta: tú trabajas con tus manos, y Dios sostiene la casa con las suyas. No todo depende de ti.
Antes de seguir con las tareas del día en Maunabo, haz una pausa con Dios. No necesitas palabras perfectas ni una fe gigante: necesitas un corazón dispuesto. Esta reflexión y esta oración son tu pausa; lo demás lo irá haciendo Él.
Cuando el corazón necesita un ancla, la Palabra la tiene. Lee con calma lo que dice Salmo 37:25:
«No he visto justo desamparado, ni su simiente que mendigue pan.»— Salmo 37:25 (RVR1960)
Lo que acabas de leer en Salmo 37:25 sigue siendo verdad aunque tus circunstancias todavía no cambien. La fe no niega lo que duele; la fe decide a quién creerle en medio del dolor, y hoy tú estás decidiendo creerle a Dios.
Oración
Señor, tú conoces las necesidades de mi casa y el esfuerzo de cada día. Hoy te entrego mi trabajo, mis ingresos y cada cuenta por pagar. Abre las puertas correctas, dame favor y fuerzas, y enséñame a descansar en tu provisión sin dejar de hacer mi parte. Multiplica lo poco cuando no alcance y guarda a mi familia de toda escasez. Mi casa está en tus manos, y tus manos no fallan. En el nombre de Jesús, amén.
Si esta palabra llegó a tu corazón, no la dejes pasar: hazla parte de tu día en Maunabo. Léela otra vez por la tarde, órala con tu familia y deja que su verdad ordene tus pensamientos.
Escucha esta palabra en audio
Episodio: «El peso que no te toca cargar» — El Ancla del Alma
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